POZA de la SAL: QUÉ VISITAR

CASTILLO y PALACIO

Castillo de Poza

El emplazamiento del castillo en la cima de un macizo rocoso, aislado, de una verticalidad que lo hace inaccesible, provoca que el acceso se realice a través de peldaños tallados en la propia roca. El castillo y el roquedo en el que se asienta se encuentran en el borde oriental del diapiro, en el escalón entre éste y la Bureba, por tanto permite por el oeste el control de la entrada a la villa y a la Bureba desde el páramo y también el control de todo el territorio salinero, y por el este un dominio visual absoluto sobre la cuenca burebana. Protege sobre todo el caserío de la villa, ceñido por la muralla y asentado en su falda oriental, sobre la Bureba.

Al pie del peñón quedan los restos de los dos cubos que flanqueaban el arco de entrada del que aún se puede ver el salmer y que constituyó la puerta de acceso al patio de armas de la fortaleza. En la cima el castillo se dispone en dirección norte-sur, con la fachada en el oeste, y los restos de la torre en el extremo sur. Un vano ojival doblado, con aparejo de sillería colocada a hueso, sobre el que se encuentran lo que parece las ménsulas de arranque de un matacán, permite el paso al interior: una estancia larga y estrecha cubierta por una bóveda de cañón levemente apuntada cuyas tensiones se resuelven directamente sobre los propios muros, de gran potencia.

Existe también un tramo que parece cubierto por bóveda e arista. Esta estancia está parcialmente excavada en la roca, y aparece dividida en dos espacios por un paño de muro en el que se abre un arco de medio punto; antes de pasar este vano es destacable en el muro este una especie de caverna artificial, también excavada en la roca. Al fondo una escalera tallada en la roca conduce al piso superior, una terraza de unos 36 metros de longitud en la que está excavado un aljibe.

Son elementos constructivos importantes además de los ya mencionados y el aljibe, los garitones sobre modillones, y también la aspillera con un amplio derrame al interior.

Este castillo tuvo las funciones de prisión, vigilancia y defensa. Entre los días 22 de enero y 19 de mayo de 1528, siendo noveno señor de Poza Juan Rodríguez de Rojas, los embajadores de Francia, Milán, Florencia, Inglaterra y Venecia, de la Liga Clementina, estuvieron presos en este Castillo por orden de Carlos I. Fueron conducidos a la villa por Pedro López Hurtado de Mendoza. Andrea Navaggero, embajador de la república de Venecia describe su estancia y la villa en su obra Viaje por España. Al mismo tiempo que estos embajadores, el día 15 de abril de 1528, Carlos I ordenó el encierro en Poza de Ricardo Cuper, Procurador de los corsarios ingleses que asaltaron y tomaron la nao “Espíritu de Gracia”, propiedad de mercaderes burgaleses, en Belém, cerca de Lisboa, en la noche del 10 de marzo de 1525.

Palacio de los Marqueses de Poza

En la ladera oriental del castillo en la que se asienta la villa, entre ésta y el castillo, se encuentran las ruinas del palacio de los Marqueses de Poza, y los restos de la ermita de Santa Cecilia, y al otro lado del lienzo de muralla que desde el caserío, por el sur, sube hacia el castillo, las ruinas de la ermita de San Juan. Se conservan de norte a sur lienzos de muro y la torre de planta cuadrada, de dos pisos, con un acceso y organización direccional del espacio en el interior en zig-zag, siguiendo el característico modelo defensivo musulmán que también puede observarse en el castillo de Frías. Esta torre tiene en el piso superior cubierta de bóveda de cañón con restos de pintura probablemente del siglo XIV, y fábrica de sillarejo y mampostería, en la que se abren aspilleras y vanos de arcos escarzanos.

La Muralla

La muralla definió durante siglos, el espacio urbano de la villa, el trazado de sus calles. Si en un principio tuvo carácter defensivo, con el transcurrir de los siglos sólo sirvió de control para las epidemias y también para los productos comerciales.

El lienzo sur se conserva completo en todo su trazado, desde el sector más alto que recibe el nombre de Paseo de la Reina, junto a las ruinas de la ermita de San Juan y del palacio, hasta su extremo en la calle llamada La Ronda –clara alusión a la función de este espacio hasta el momento en el que el caserío comienza a adosarse a la muralla-, lugar en el que estuvo la cárcel de la villa y donde la cerca continúa su trazado en sentido noroeste rodeando todo el flanco norte del casco urbano.

Este lienzo norte tiene su extremo frente a la Casa de Administración de las Reales Salinas, y aquí queda el testigo en el paramento de la desaparecida puerta de la muralla llamada de la Fuente Vieja, y también de la Verónica, que facilitaba el tránsito entre la villa, el valle más cercano de las salinas –Rusalado-, y el complejo de manantiales, lavaderos y abrevaderos conocido como Fuente Vieja. Algunos especialistas opinan que en esta zona, extramuros, podría haber estado ubicado el barrio judío.