POZA de la SAL: QUÉ VISITAR

SANTUARIO de NUESTRA SEÑORA de PEDRAJAS

Ermita de una sola nave con cubierta de tres tramos de crucería octopartita y nervios secundarios rectos, y cúpula de media naranja sobre pechinas en el ábside. Adosada a la cabecera y en su mismo eje se encuentra la sacristía y sobre ella el camarín donde están recogidos algunos de los exvotos que a lo largo de los siglos los fieles y devotos de la Virgen de Pedrajas han depositado en el santuario como testimonio de su devoción.

Este lugar aparece ya documentado en un diploma del Monasterio de Oña, de 14 de mayo de 1011, entre los lugares –después despoblado- que integran el alfoz de Poza: ad Sancta Eulaliam de Pedragas, con el significado de lugar de piedras, quizá haciendo referencia a los restos de la antigua Flavia Augusta. La fábrica que hoy presenta la ermita es el resultado de diversas intervenciones bien documentadas desde 1573 hasta 1749 y 1757, fechas en las que en esa línea de intensa actividad constructiva en toda la villa, se construye una hospedería, también se prolonga la nave hasta la espadaña y finalmente se levanta la torre actual. La imagen de la Virgen de Pedrajas sufrió a lo largo de su historia frecuentes modificaciones que alteraron la talla y policromía original, hasta que en 1975 es restaurada con el fin de devolverle su primitivo carácter.

Presenta unas características iconográficas propias del tipo románico de la Virgen Trono de Dios o Trono de la Sabiduría pero ya con cierta influencia gótica. La imagen corresponde al modelo frontal y hierático de Virgen sedente, entronizada y sin comunicación con el Niño al que sirve de trono, pero que está sentado en posición que ya no es rigurosamente frontal, sobre la rodilla izquierda, y en actitud de bendecir, aspectos que junto a la incipiente expresividad de los rostros y el plegado de las telas suavizan el hieratismo y el carácter lineal presentes en las imágenes marianas hasta este momento. María levanta el manto con la mano izquierda para resguardar lateralmente al Niño, mientras sostiene una poma con la mano derecha, actitud que marca una tendencia en función de la cual Clara Fernández Ladreda define y establece una modalidad iconográfica que denomina Vírgenes del manto, que se difunde en Castilla sobre todo en la primera mitad del siglo XIII.